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Una vez que me han hecho jefe tengo que aprender rápidamente a hacer mis tareas. Lo primero, mandarle trabajo a la gente. La segunda, decir no a la gente.
Parece fácil, pero no lo es. Es lo malo de estar tantos años en la mina. Uno ha sufrido mucho y pensar en encasquetarle ese sufrimiento a excompañeros que te caen bien, y a los que aprecias, es duro. Pienso: "Este marrón en el que fulanito va a tener que aguantar a la pesada de menganita, pobrecillo..." y se me hace muy duro.
La verdad es que de pronto empiezo a pensar que es bastante increíble que los curritos sean tan dóciles, y que obedezcan y trabajen sin mandar todo a la mierda. Les mandas una cosa, y van y la hacen. Increíble.
Jamás en toda mi vida laboral había tenido estos pensamientos tan absurdos. Nunca me habría planteado mandar todo al garete. Mandar a la mierda el trabajo, a los jefes y a todo el mundo. Y sin embargo desde la posición de jefe, me parece sorprendente que a los subordinados no les pase.
Tengo que reflexionar sobre esto para averiguar por qué pienso cosas tan raras.
Bueno, el caso es que día a día he ido encontrando personas que sí les gusta el trabajo que hacen. Aunque me cuesta mucho creerlo hay personas tan tontas como yo, que se ilusionan con hacer bien su trabajo, y que se implican de lleno.
También me ocurre que me pongo en lugar de los trabajadores con demasiada facilidad. Como lo tengo demasiado reciente, comprendo perfectamente las pocas ganas que tienen de trabajar más allá de lo que estaba estrictamente planificado. Llega una tarea nueva y... todo el mundo a escaquearse. Al final casi prefiero hacerlo yo, porque todavía no se me ha olvidado trabajar.

Esta entrada fue publicada el 13-11-12
a las 08:14.
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