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En ocasiones surgen problemas que se nos van de las manos, que nos desbordan. Son conflictos que, pasado el tiempo, si hubiera la posibilidad de congelar o rebobinar, seguramente nos damos cuenta que habríamos actuado de otra manera. Porque suele ocurrir, que de una mala decisión, o de una mala contestación, se derivan consecuencias indeseadas e irreversibles en nuestra relación laboral.
La clave para no caer en estos errores es intentar estar alerta constantemente. En el momento más inesperado cualquier roce, cualquier malentendido puede desencadenar el desastre. Si pudieramos conocer con 5 segundos de antelación en qué momento se va a desatar una crisis, seguramente podríamos reflexionar, respirar, y parar el arrebato, usar la mano izquierda, tomar otro camino. Normalmente hay personas que ya conocemos de antemano que pueden causar un encontronazo. Son personas que químicamente nos provocan, o nos causan crispación. Ante esas personas al menos tenemos la posibilidad de verlas venir. Lo más peligroso ocurre con aquellas personas que no conocemos bien, que nos pueden causar un disgusto, o las que sí conocemos bien, pero que tienen un mal día y nos pueden pillar desprevenidos.
Siempre hablamos del sentido de importancia de las personas, pero... ¿y el sentido de importancia de nosotros mismos? También debemos tenerlo en cuenta. Puede ocurrirnos que en un ataque de soberbia, queramos ser más listos, más poderosos, más chulos que la persona a la que nos dirigimos. Elevar el tono de voz por encima de la otra persona para demostrarle que somos nosotros los que mandamos. Y, eso puede acabar mal. Depende de muchos factores, si realmente mandas es posible que puedas aplastar al otro, si realmente eres más chulo, o más fuerte, o más poderoso puedes salirte con la tuya, y tener el triste consuelo de sentirte más importante que él. En ese caso no habrá conflicto, pero te habrás ganado un enemigo silencioso, que es aquel que te fastidiará eternamente, pero en la sombra, a escondidas, como un infiltrado que corroerá todas tus acciones, con una sumisa y falsa sonrisa en su rostro.
Puede decirse que el punto de no retorno es muchas discusiones es perder las formas: insultar. levantar la voz, gritar, amenazar... una vez que has caído en la trampa de tu propia debilidad, has perdido la partida. Porque en los trabajos, a diferencia de la selva, los conflictos se ganan y se pierden con la palabra. Las luchas son verbales; los gestos, las señales, las negociaciones, se llevan a cabo con lenguaje corporal. Igual que en los luchas entre animales de la misma especie la violencia física tiene sus propios límites y protocolos para minimizar daños.
Tal y como está el mercado laboral, ¿podemos permitirnos despedir a un empleado que ayuda a sacar adelante a nuestra empresa? ¿Vamos a conseguir encontrar a alguien mejor? Aunque parezca increíble, con más de cinco millones de parados es muy difícil encontrar trabajadores valiosos, por eso hay que pensárselo dos veces, si es mejor castigar a un trabajador y satisfacer nuestra soberbia, o hacer uso de nuestras dotes verbales para sacar lo mejor de todos y cada uno de nuestros colaboradores.
Hay que hacerse mayor, hay que madurar, no necesitar estar por encima de nadie, no necesitar odiar y destruir a los demás para darle sentido a la vida. Y estar rápido para cortar cualquier ataque de prepotencia.
Esta entrada fue publicada el 27-05-13
a las 11:49.
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