¿Y si el IVA bajase?
La etapa de IVA al tipo general ha puesto negro sobre blanco todas las carencias de una actividad económica que tradicionalmente ha descuidado completamente la parte de gestión empresarial
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OPINIÓN
Antonio Jaumandreu.
Jaumandreu & Asociados.
Llevo semanas dándole vueltas a la pregunta de qué pasaría si finalmente el Gobierno decidiese acceder al clamor del sector y volver a colocar el IVA en el tipo reducido (que ahora sería del 10%).
Pregunta absurda, dirán ustedes, porque sin duda sería una noticia no buena, sino espectacular.
Sí, de acuerdo: la bajada del IVA sería un magnífico balón de oxígeno para el sector, que le permitiría recuperar el aliento perdido en estos tres últimos años, en los que a la crisis generalizada se vino a unir al inevitable aumento de precios que supuso el incremento de tipos. Aumento de precios absolutamente imperceptible para el profesional, que vio cómo esa subida iba a parar directamente a las arcas de la Agencia Tributaria.
Pero ¿sería la solución a todos los males de la peluquería? Me temo que no. Se lo diré claramente, aún a riesgo de resultar un tanto cenizo: se equivocaría mucho el sector si pensase que con eso se arreglan todos sus problemas, y mucho más si a partir de esa decisión optase por dormirse nuevamente en los laureles sin acometer las necesarias medidas de modernización y de fomento de la competitividad. Y lo digo tanto a nivel individual de cada empresa como en el ámbito sectorial y de sus asociaciones.
Si algo ha tenido de bueno esta etapa (que sí, ojalá se acabe pronto) de IVA al tipo general ha sido que ha puesto negro sobre blanco todas las carencias de una actividad económica que tradicionalmente ha descuidado completamente la parte de gestión empresarial. Y que en el terreno de las asociaciones sectoriales ha hecho gala de un individualismo y una falta de ambición que casi calificaría de escalofriantes. En el momento en que el mundo ha parecido venírsele encima con la subida del IVA, sí se han producido ciertos movimientos e iniciativas prometedoras, pero una vez más la dispersión, el individualismo y la falta de conciencia de la necesidad de un esfuerzo colectivo amenazan con dejarlo todo en agua de borrajas. Algunos de los grandes han dado pasos significativos al frente, pero en honor a la verdad hay que decir que por ahora, y ojalá me equivoque, está faltando la necesaria continuidad en el esfuerzo.
El sector parece resistirse a entender que la capacidad de influir en la política, en la sociedad, en la legislación en definitiva, no es flor de un día, no se consigue con una reunión y un manifiesto. Por el contrario, es fruto de una labor callada, constante, discreta y poco vistosa, que seguramente ni siquiera ha de estar en manos de los propios peluqueros. Es una tarea que no puede moverse a impulsos de una crisis momentánea, ni por lo tanto depender por así decirlo de una derrama económica para su continuidad. Algún día habrá que entender que la defensa de los intereses de todo un sector tan importante requiere continuidad, profesionalidad y financiación, y es absurdo pretender que esta última hayan de facilitarla terceras personas distintas a los propios profesionales. Los demás pueden ayudar, sí, y sin duda lo harán. Pero nunca para sustituir a los principales interesados y protagonistas, sino como apoyo a las iniciativas sólidas, viables y profesionales que estos presenten. Nadie va a venir de fuera a resolver los problemas de la peluquería.
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