Historia de la peluquería, vista por la estilista Mª José Llata
Llata, estilista cántabra de trayectoria ejemplar, traza el relato de la historia de la peluquería y pone el cúlmen y finaliza el relato con el anuncio del viaje del Museo de la Peluquería de Raffel Pages al Louvre
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"En mi Santander natal, camino del colegio, se encontraba el Museo de Prehistoria, cuya entrada los miércoles era gratuita. Allí descubrí las lascas de sílex afilado que utilizaban nuestros antepasados para cortarse el cabello, o sea que ya en la Edad de Piedra se inicia la peluquería", dice Mª José Llata, profesional cántabra que tiene a bien relatarnos su apego, conocimiento e historia vivida y conocida del quehacer en el que labora, el cabello, concretamente, la peluquería.
El devenir de los siglos
Revisa Llata el devenir de los siglos y dicen que en el gran Egipto todos se rapaban la cabeza para refrescarse y ellas se adornaban con pelucas de un peculiar estilo que aún hoy es nombrado a menudo, el corte a lo 'Cleopatra', esto es, largo al hombro, liso y con flequillo.
Como sucede con la moda, esta pasó en busca de otros intereses y lo liso se transformó en rizado. Fue entonces cuando los griegos nos dejaron largas melenas onduladas, recogidos laboriosos y pequeños mechones enmarcando la frente, surgiendo de este modo las primeras academias de peluquería.
Rómulo y Remo fundan Roma, que, con el tiempo se convertirá en un gran imperio. Los romanos, impresionados por el cabello rubio de los cautivos galos, pretenden imitarlos y crean así los primeros tintes. La moda fue evolucionando, como es normal, durante los siglos de dominación romana, y los conquistadores se dejaron influenciar por los distintos pueblos que iban dominando. Entre todos los peinados, destaca el cabello recogido con una trenza rodeando la cabeza y los tirabuzones sueltos.
En esta época ya se practicaba la peluquería de forma similar a nuestros tiempos, siendo ahora cuando aparecen los especialistas. Cada profesional estaba especializado en un área: en permanente, en color o peinado. Mucho avance, modernidad a manos llenas, pero con la caída del Imperio romano llega la Edad Media y, con ella, la edad oscura. Poco debemos a esta época, no era bien visto el cambio de color y se peinaban con una sencilla raya al medio. Además, existía la costumbre de utilizar túnicas que cubrían la cabeza, lo que también impidió el desarrollo de la peluquería de la época.
Afortunadamente todo cambia con la entrada del Renacimiento. Vuelven a resurgir las costumbres griegas y romanas, añadiendo accesorios como diademas, coronas, redecillas, trenzas y joyas entrelazadas. Nace la carta de color, la gama de tintes se amplía, y ya la mujer podía elegir según sus gustos, color azafrán, rubio ceniza, el rojo cogió gran fama y uno de los más demandados, el llamado color "hilo de oro".
El mundo gira y París se convierte en su eje gravitatorio
El mundo sigue girando y París se convierte en su centro. Son en estos siglos, XVII y XVIII, cuando el gran auge de la peluquería adquiere relevancia. Se crean verdaderas obras arquitectónicas con las pelucas, que deben ser lo más blancas posible y que serán lucidas por hombres y mujeres. Para dar forma a los rulos utilizados, calentaban en hornos unos cilindros metálicos. Podríamos encontrar aquí el nacimiento de la permanente caliente.
Occidente entra en crisis, se produce la Revolución Francesa, la moda se reinventa y las pelucas dejan de ser tendencia. Es entonces cuando resurge el cabello natural, que, junto con la aparición del peróxido, se convertirán en grandes hitos y marcarán el comienzo de la moda. Las revistas, las grandes pantallas, espectáculos y televisión marcarán las tendencias que cada diez años denotarán un estilo.
La mujer reivindica su papel y adopta el imperecedero garçon como seña de identidad
La mujer sale al mercado de trabajo y demanda peinarse rápidamente, así nace el garçon. La moda sigue su evolución, largos, ondas o lisos según gustos, los hombres tras largos periodos de guerra dejan crecer su cabello. Es el nacimiento de los salones de peluquería donde los peluqueros dan alas a su creatividad.
El cabello y su arte, es decir, la peluquería, ha tenido y tiene una connotación mágico-religiosa. La idea de que un hombre puede ser embrujado por un mechón, el descubrimiento de una infidelidad a través de un cabello, el corte de la melena de una novicia, el efecto castrador de este acto en una viuda hindú, el significado de brujería que se le otorga al cabello y el rasurado total que se hacía a los acusados de ésta, los rizos (peyot) de los judíos ortodoxos y el contrario de sus esposas que son rapadas tras el casamiento.
La mítica imagen de la teniente O'Neil, o la anécdota de Alejandro Magno que ordenó a sus soldados cortarse el cabello y la barba para que los enemigos no pudieran agarrarlos, y cuyo acto ha perdurado por razones prácticas en los militares. Y así como un peinado puede ser un reflejo inconfundible como la Dama de Elche y la princesa Leia de la Guerra de las Galaxias, el cabello también está presente en algunos milagros, ¡sí!, curioso, pero verdad, como en el de Santa Bárbara que milagrosamente fue camuflada cuando su cabello y el vello facial crecieron tanto que evitó ser profanada. Y por supuesto, uno de sus papeles más destacados, porque también ha sido símbolo y acto de rebelión en los 60', 70'.
En muchas culturas también imagen de fuerza viril, como, por ejemplo, los samuráis y los indios de las planicies americanas. De ahí, el rito de arrancar la cabellera al enemigo, así como el torero se corta la coleta cuando ya no precisa de su fuerza y masculinidad. Por eso también a otros y a lo largo de la Historia, se lo cortaron, el pelo, para que perdieran su fuerza, y si no que le pregunten a Sansón.
La peluquería, tan imprescindible en nuestra sociedad, demuestra en su recorrido por la historia que siempre lo ha sido. Y como mayor muestra de la importancia que aún conserva en nuestra sociedad, (no se resiste Mª José a contarnos), el Museo de la Peluquería de Raffel Pagés viajará al Louvre para a dar a conocer a través de nuestra relación con este precioso oficio cómo somos y cómo fuimos.
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