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Entrevistas

Pilar Guerra: 'La gestión de las emociones, clave en las nuevas sociedades'

Psicóloga clínica, Pilar Guerra nos describe al detalle la sociedad actual desde todos los puntos de vista posibles, familiar, empresarial... Y nos convoca a la gestión del pensamiento para solventar las situaciones derivadas de la pandemia


18/03/2021

Reconocida profesional, Pilar Guerra, psicóloga clínica, nos describe al detalle cuál es la actual situación derivada de la crisis del Covid-19. Un intenso trayecto de principio a fin, que traza los vericuetos de la relaciones familiares, sociales y de empresa hoy día con última parada en la gestión de las emociones como principal recurso para vencer situaciones negativas.

Y una reflexión posible. Las crisis de calado llevan consigo también grandes oportunidades. Quedarse parado no es la solución. Pilar enumera en esta entrevista los distintos modos de acción que nos llevarán a solventar los problemas derivados de una realidad extraordinaria como es esta pandemia.

Para mí, el peor miedo es el temernos a nosotros mismos y pensar que no tenemos capacidades. El peor miedo es no tener confianza en nuestras habilidades.

Beauty Market: Llegados a este punto de la pandemia, ¿cómo describirías la situación actual de la sociedad ante la misma?
Pilar Guerra: Estamos en una situación de hartazgo, de una ingestión excesiva, de un empacho vivencial. Es una sensación de cansancio extremo, de esperar a un fin que no llega, que se acrecienta con una sensación de base muy poderosa que es el miedo y la incertidumbre. Aunque nunca se está acostumbrado a este tipo de desastres naturales, hasta ahora los que habíamos vivido habían tenido un principio y un fin, y permitieron una vuelta a nuestra normalidad. Pero se trata de un proceso iniciado en marzo del año pasado, vivido en sus distintas fases de: shock, negación, rabia, miedo, para después pasar a la adaptación y a la aceptación. En ese primer confinamiento nos preparamos para un final, y teníamos una esperanza relacionada con la primera desescalada, los encuentros, como guerreros que volvíamos a casa después de todo lo vivido. Pero ha habido dos impactos: el primero, el verdadero confinamiento de marzo a mayo, un respiro en verano, y el segundo impacto, que comenzó en septiembre, que hace que la sociedad quede verdaderamente en estado de indefensión y, sobre todo, lo más importante, de decepción, que es aquella emoción que se da cuando no se recibe la respuesta que se esperaba. Yo percibo la sociedad a la deriva, de marzo a mayo pudimos resistirlo, pero a partir de septiembre ha sido una supervivencia.

B.M.: ¿Cómo nos ha influenciado y repercutido entonces la sucesión de las distintas etapas de la crisis sanitaria?
P.G.: Creo que, a modo de protección y defensa, nuestras mentes han asumido que estamos en una situación de riesgo, y en continuo contacto con la pérdida de la vida. Esa idea la hemos estado congelando algunos, pero es una realidad y la dignidad humana está ganando porque nos decimos todos: yo no paro, no me detengo, sigo. Siempre hemos sabido que la vida tenía un final, pero esta vez la vida nos lo está demostrando y nos lo está poniendo enfrente y estamos aún impactados, observando y aprendiendo, que es muy importante también.

B.M.: ¿Cómo ha afectado principalmente a las relaciones humanas en lo familiar?
P.G.: En la convivencia impuesta, en la falta absoluta de libertad para poder elegir. Yo siempre hablo de los dos bloques, como he descrito: el primer confinamiento absoluto de tres meses y la situación actual, de un confinamiento parcial prolongado, que lo sentimos como infinito. Nos ha dado en la cara el peligro, la muerte, la indefensión a modo de gigante contra el que poco se podía hacer.

B.M.: ¿Los roles ya no son los mismos?
P.G.: En las familias, se han puesto de manifiesto nuestros verdaderos deseos y emociones. Hemos sabido realmente con quién queríamos estar y a quién echábamos de menos de verdad. Nos hemos tenido que conocer sí o sí, aunque no quisiésemos conocernos a raíz de esta convivencia impuesta. Y el estilo de estructura familiar ha cambiado radicalmente y con ello se dan situaciones de muchísimo desbordamiento. El sentido de lo cotidiano se nos ha ido, las costumbres se nos han evaporado, los hábitos han desaparecido y el día a día ha girado 180º. Todo esto ha influido en un agotamiento psicológico extremo porque los esfuerzos son sobrehumanos para poder adaptarnos y comprender el cambio de los roles. Los hijos tienen que cuidar a los hijos, los padres no están bien para cuidar a los hijos y cada uno lucha por la supervivencia. De esta forma, el foco de la serenidad se ha vuelto del revés. Nos hemos enfermado de hiper empatía, observando a los jóvenes con esas limitaciones en edades en las que les correspondía otras vivencias.

La mayoría de la sociedad, a consecuencia de esta situación, está aprendiendo a estar consigo misma, cosa que no sabía.

B.M.: ¿Y en lo social, cómo nos hemos transformado?
P.G.: Las relaciones sociales han cambiado. Se da un estrés colectivo, una contaminación del miedo, propia de la psicología de masas. Ha cambiado la manera de vivir en lo social. Nos hemos acercado a veces demasiado, creando relaciones de excesiva dependencia. Y en otras ocasiones, nos hemos alejado, creando aislamiento e incluso rechazo social. Se aumenta la problemática relacional, por una parte, se da la necesidad de seguir conviviendo y, por otra, el estigma al contagiado o al positivo que puede contagiar y nos produce rechazo. Aumenta la crítica social, nuestra forma de vivir el día a día, cada uno, aceptando las normas y las restricciones, es sometida a crítica constante por parte de los demás y lleva también a conflictos interpersonales. La crítica es una forma de estar que nos aleja de nuestro foco y es un esfuerzo psicológico muy importante. En mi opinión se está produciendo una prioridad en la supervivencia del individuo, ya que las relaciones sociales se vuelven focos peligrosos, lo que nos lleva a sentimientos ambivalentes, un querer y no poder. Queremos estar con los demás, pero también lo consideramos un riesgo. Estamos cambiando un paradigma, lo social se está adentrando en una nueva filosofía. Es como si se nos hubieran ido las bases y estuviéramos empezando a construirlas.

B.M.: ¿Qué va a significar este nuevo panorama de empresas atenazadas por cierres o que definitivamente han cesado su actividad?
P.G.: Todo está generando un punto de inflexión. Psicológicamente nos ampara que no es 'solo' nuestra empresa, sino que se trata de la gran mayoría de empresas. Esto tiene dos caras. Una de ellas, que es una masacre económica, cuyas consecuencias ya las estamos viviendo y nos estamos adaptando (uno de los problemas es que necesitamos mucha energía para la adaptación) y, la otra cara, es que se trata de un fenómeno nacional, mundial y se da un techo, un tope de preocupación. Nos damos cuenta de que no depende de nosotros el que nos hayamos quedado sin trabajo, es un fenómeno global. Al menos nos quitamos la culpabilidad, al ser algo que no podemos controlar. De todos modos, en esta masacre social y laboral hay un techo y creo que lo hemos tocado, y después de eso, el ser humano tiene la capacidad de reinventarse de manera innata.

B.M.: ¿Qué consejos darías a las personas que se han quedado sin trabajo?
P.G.: Les diría que estamos en una transición y que lo vivamos desde ahí. Formamos parte de una sociedad que sí o sí ha de dar herramientas para que nos reajustemos todos. No depende de nosotros. Hay sistemas políticos, sociales y económicos que están tratando de dar grandes giros para dar soluciones. Mi consejo sería el de tratar de mantener la calma, que centremos nuestra psique en el aquí y el ahora, en el minuto. Aprendamos a gestionar el pensamiento, impidiendo que vuele a un futuro lleno de miedos. Todo nuestro esfuerzo debe estar en la supervivencia del segundo.

B.M.: ¿Y a las que están pendientes de un ERTE?
P.G.: De nuevo, aquí insistiría en buscar la calma, que hace que no nos salgamos de nosotros mismos, de la fuerza que tenemos en nuestro centro. Atendernos y preguntarnos qué es lo que necesitamos de manera básica. Diferenciar entre lo básico y lo que no lo es. Cuestionarnos, si no tenemos nuestras necesidades básicas cubiertas, qué podemos hacer. Qué es lo que está dentro de nuestras posibilidades. Diseccionar el problema económico en partes, en bloques, no verlo como un todo. Y, sobre todo, aceptarlo, no hacer una queja pasiva, sino hacer que sea una queja activa de búsqueda de soluciones, de alternativas de empleo. Las catástrofes generan cambios y surgen nuevas necesidades en la sociedad, lo cual puede ser causa de nuevas oportunidades.

El futuro para mí es dentro de una hora como mucho. Visualizo un mundo más consciente, más humano, dando más importancia a la vida, teniendo más desarrollada nuestra psique.

B.M.: ¿Es momento de emprender? Y si fuera así, ¿cómo hacerlo para no caer rendidos ante el intento?
P.G.: Sí, es el momento de emprender. Esta situación nueva genera nuevos modelos, nuevas necesidades. Es una crisis que produce cambios y vacíos profesionales. Psicológicamente, tenemos que aprender a saber evitar los pensamientos derrotistas y modificarlos para tener ideas objetivas de afrontamiento, de buscar soluciones. Tenemos la posibilidad de reconocernos en nuestra propia individualidad. Hacer un trabajo de mirarnos por dentro, reconocer dónde empleamos nuestro tiempo libre durante del confinamiento, qué es lo que nos gustó y nos ocupó y pensar si se puede convertir un hobby en trabajo. Hay que proyectarse en el '¿por qué no va a funcionar?', en lugar de tener una visión pesimista del futuro. La tendencia a trabajar en equipo, perder el miedo al brain storming, a las sugerencias, dejar de tener miedo a nuestras ideas, creer en ellas, probarlas, no quedarse parado. Perder el miedo a esa “tontería” que se nos ocurra porque puede ser una posibilidad. Hacer caso a nuestras ocurrencias que nos pueden llevar a emprender y tener resultados. Hay grandes empresas que han surgido en momentos de crisis. Las grandes oportunidades surgen de los vacíos que generan las crisis económicas.

B.M.: ¿Cómo retomar la normalidad en cualquier caso si efectivamente las vacunas consiguen devolvernos algo de ésta?
P.G.: La normalidad ya nunca va a ser la misma. Ha habido un choque, un cambio y una transformación. La palabra normalidad la tendríamos que desechar ya. No pretender volver a ella porque la realidad no volverá a ser la misma y llevará a la continua frustración. Tener el privilegio de ser una persona vacunada también es un hándicap. De todas las alternativas, es la que parece tener más lógica y solución a corto plazo. Aún así, debemos tener expectativas realistas, porque no deja de ser investigación sin un histórico para saber los resultados. Por lo que vacunarse no deja de ser un acto de fe de cada ser humano. Por lo que una vez más, hemos de trabajar las expectativas para no frustrarnos. Vacunarse es un paso más que puede aportar optimismo, liberación y seguridad, pero aún así la prudencia y la observación han de estar presentes. Por lo tanto, no veo tanto cambio aunque estemos vacunados.

B.M.: Pero, ¿entonces no volveremos a lo de antes?
P.G.: Creo que debemos sustituir la expresión volver a la normalidad por la de adaptación tras las vacunas, con mucha calma, observación y optimismo en la visión de futuro. Pese a haber empezado la vacunación, ha de seguir primando la responsabilidad y seguir los protocolos de prevención del coronavirus hasta el total de vacunación de la población. Aún así la ansiedad disminuye proporcionalmente hasta el momento en que una persona recibe la dosis de la vacuna. Parece ser que hay una sensación de alivio y es un punto de inflexión para poco a poco empezar a conseguir una línea de salida para convivir con menos miedo, pero no, no será igual.

B.M.: ¿Cómo afrontar el paso del tiempo y la incertidumbre con respecto a esta crisis sanitaria y el miedo a sucesivas olas y contagios?
P.G.: Mientras nos vamos informando hay millones de agujeros sin información. Estamos viviendo esta pandemia al mismo tiempo que se está investigando. Esto significa, como decía, que no tenemos un histórico, no tenemos toda la información, y esto genera incertidumbre porque no sabemos lo que va a pasar. Partimos entonces de que vivir con estrés ante esto es parte del proceso. Creo que estamos comprendiendo que el estrés que tenemos es un estrés adaptativo, que nos mantiene en alerta y con capacidad para protegernos. Creo que tenemos que identificar la incertidumbre como una emoción nueva instalada en nuestro repertorio, sin oponer resistencia, sino afrontándola. Igual que el miedo, la alegría o la tristeza, la incertidumbre se va a convertir en una emoción primaria. Hemos de poner el foco en aquello que podemos gestionar, que está en nuestras manos. Hemos de estar preparados para el factor sorpresa, para lo nuevo. Vivir sabiendo que tenemos algo muy potente en nosotros que es la autoconfianza y que sabremos la respuesta a medida que vayan ocurriendo las cosas para ir adaptándonos.

En las familias, se han puesto de manifiesto nuestros verdaderos deseos y emociones. Hemos sabido realmente con quién queríamos estar y a quién echábamos de menos de verdad.

B.M.: ¿A quién recurrir para pedir ayuda?
P.G.: Hay que distinguir el tipo de ayuda que necesitamos. Verbalizar a nivel general lo que nos pasa sin control no es siempre una buena herramienta. Cuando nos dicen: 'hay que hablar las cosas', pues no siempre. Tenemos que aprender a elegir a nuestro interlocutor. Esta experiencia de pandemia tan inusual nos tiene que haber dejado claro ya quiénes nos aportan una buena escucha tranquilizadora y quiénes nos aumenta nuestra ansiedad.

B.M.: ¿Por qué es bueno comenzar alguna terapia o visitar al psicólogo?
P.G.: Es bueno acudir a un psicólogo porque está entrenado en la escucha profesional, en la detección rápida de los núcleos de los problemas y en la búsqueda de resultados. En general, siempre es bueno asistir a un psicólogo, debería ser obligado. De otra manera, vivimos la vida defendiéndonos de ella de manera innata, sin información de todas las herramientas que tenemos. Cuando un problema mundial como la pandemia sucede, es necesario un espacio profesional donde poder “elaborar” lo que nos sucede, frente a lo que está ocurriendo. Esta “elaboración” requiere de un tiempo para poder trabajarla y de una guía. Esa guía la damos los psicólogos.

B.M.: ¿Los españoles dada la pandemia nos hemos acercado más a la consulta del psicólogo?
P.G.: Sí, pero sin saber que hay una base de malestar muy profunda a consecuencia del Covid-19. Siguen llamando por las mismas patologías de antes: por trastornos de ansiedad, depresión o cuadros de duelos o divorcios. Como aún no se ha diagnosticado oficialmente el trastorno derivado por la situación de la pandemia, aún no se es consciente de un síndrome que yo llamaría 'psiCovid' o 'Transtorno reactivo por Covid'. Tenemos síntomas aislados, no hay aún un cuadro psicológicamente definido a consecuencia de esta pandemia. Mientras tanto, y hasta que no nos demos cuenta de que padecemos este cuadro, sí que hay más demanda en los gabinetes. Mucha depresión por pérdidas de seres queridos, por pérdida de trabajos, despidos, ERTES, trastornos de ansiedad por aislamiento social, por miedo a salir a la calle. La agorafobia de antes ahora está más agudizada o la claustrofobia o ansiedad por estar encerrados. Problemas de pareja o familiares por la convivencia intensiva. Muy pocos identifican la fatiga pandémica. Insisto en que estamos todavía en estado de shock y no nos hemos parado ni tan siquiera a tocar los síntomas que acarrea esta situación.

B.M.: ¿Podemos concluir entonces que existe una mayor demanda de profesionales y consultas psiquiátricas y psicológicas?
P.G.: Sí, también ha aumentado la demanda de personal sanitario en las consultas, médicos, enfermeras, incluso psiquiatras y psicólogos, necesitamos hacer sesiones de “vaciado” para canalizar todo lo vivido hasta ahora. La figura del psicólogo clínico siempre ha sido importante. Ahora es necesaria y obligada como instrumento de contención y, sobre todo, de prevención de trastornos psico-emocionales. Yo creo que hay una obligación social y es la de normalizar la psicología, quitarle el estigma e incluso que tenga otra identidad pública. De forma que la persona que acuda al psicólogo tenga aún más valor, sea más completa que aquella que jamás haya asistido. El desarrollo personal tendría que ser como una vacuna obligatoria para inmunizarse, para no contagiar, para preservarse del propio virus que crea la mente cuando no se trabaja.

La conducta de ejercicio físico nos aumenta las defensas y protege nuestra salud. Contrarresta la conducta de sedentarismo que nos da el confinamiento. Por eso, hay que potenciarlo ahora aún más.

B.M.: ¿Qué papel ha desempeñado lo digital en la relación paciente y especialista?
P.G.: Ha sido un elemento de facilitación. Ha roto barreras. Los pacientes se han adaptado asombrosamente dando por hecho que no podría ser de otra manera. Se ha demostrado que esta digitalización ha sido un hilo conductor de la comunicación verbal y no verbal. Ha facilitado también que se pudiese trabajar sin esas necesidades que creíamos tan imprescindibles como la proximidad física en las consultadas, el contacto corporal al saludarse, etc. Nos ha permitido comprobar lo que de verdad importa, que es la intención del paciente en buscar soluciones, su interés en curarse y la responsabilidad del profesional en hacerlo con el máximo compromiso y empatía posible. Incluso esta digitalización ha demostrado su parte más positiva: evitar desplazamientos, tiempos de espera y ser una herramienta práctica. Se utiliza el tiempo de la sesión, ni más ni menos. Ha desempeñado el papel de añadir otro tipo de comunicación entre paciente y especialista. Incluso se ha dado más valor a la comunicación, ya que se da por hecho que tener una sesión on-line es un esfuerzo añadido y, por tanto, se valora aún más.

B.M.: ¿Y en la sociedad en general?
P.G.: La digitalización ha reducido el impacto de todas las carencias que hemos tenido, tenemos y tendremos tras esta pandemia. La digitalización ha compensado todas las consecuencias negativas que ha tenido la cuarentena como la prohibición de contacto social. Ha tenido el papel de ser la principal herramienta de solución de problemas, ha permitido que pudiésemos continuar y no detenernos. Hemos podido trabajar, estudiar, relacionarnos, en definitiva, continuar con nuestros hábitos cotidianos, ya que se ha ampliado su utilidad (formarnos, bailar, cocinar…) pudiendo llegar a todas las personas y a todos los contextos.

B.M.: Hábitos como acudir al centro de belleza, la peluquería, no olvidar las rutinas diarias de cuidado, bienestar y belleza, ¿son ahora más necesarios que nunca?
P.G.: Sí, claro. No hay que perder los hábitos. El hábito de estar confinado ha tenido muchísimo poder en sí mismo y ha sido y está siendo muy largo. Necesita de mucha inteligencia emocional para hacerle frente. Un hábito se instaura pasados los 21 días seguidos. Y acostumbrarnos al confinamiento ha requerido muchísimo esfuerzo y presión. Concentrarnos en sobreponernos al shock ha requerido de muchísima energía por nuestra parte, lo que ha provocado que pusiésemos en segundo lugar hábitos tan obvios como nuestro cuidado cotidiano. Ahora cuesta, nos tenemos que obligar, a todos nos requiere un sobreesfuerzo. Tenemos que evitar someterlo a duda. Tendremos que alejarlo de que sea una elección, sino que sea una rutina obligada. Este año está comprobado que nos ha envejecido porque el estrés, la depresión, la ansiedad deterioran y por ello hemos de contrarrestar ese deterioro con cuidados básicos.

B.M.: Y el estilo de vida, ¿cómo hay que mantenerlo?
P.G.: El estilo de vida no hay que mantenerlo. En sentido general, hay que mantener solo aquello que se adapte a los cambios que nos obligan. Hay que cambiar mucho y mantener poco. Por eso hay que ser permeables a cambiar nuestras conductas de cara a la aceptación y a la adaptación de la pandemia. Adaptarnos a los nuevos hábitos requiere de cambios sin quejas. Las quejas impiden la adaptación, ya que entramos en un conflicto interno. No hay opción ya que las limitaciones son innegociables. Por ello, el pensamiento debe estar dirigido a lo que podemos hacer y no a lo que no podemos hacer. Tenemos que trabajar mucho la frustración.

La figura del psicólogo clínico siempre ha sido importante. Ahora es necesaria y obligada como instrumento de contención y, sobre todo, de prevención de trastornos psico-emocionales.

B.M.: ¿Cuál es la importancia de seguir practicando, incluso potenciar la actividad física?
P.G.: Opino que es un hábito innegociable también ahora, más que nunca. Hacer deporte libera endorfinas que son hormonas que estabilizan nuestro ánimo. Nuestra psique está muy vulnerable actualmente y necesitamos liberar el exceso de racionalidad y hemos de mantener nuestra estructura y coherencia, que viene dada por el triángulo formado por los pensamiento, las emociones y las conductas. Entonces, la conducta de ejercicio físico nos aumenta las defensas y protege nuestra salud. Contrarresta la conducta de sedentarismo que nos da el confinamiento. Por eso, hay que potenciarlo ahora aún más.

B.M.: ¿Algún hábito más imprescindible para ayudarnos a superar este episodio no vivido por las generaciones actuales nunca antes?
P.G.: Sí, la importancia del estar solo vs aprender a estar con uno mismo. Quitarnos ese miedo a estar solos, confinados. La mayoría de la sociedad, a consecuencia de esta situación, está aprendiendo a estar consigo misma, cosa que no sabía. ¿Más hábitos? Plantearnos tres pilares básicos. Diferenciar entre necesidades, deseos y expectativas. Si nos atenemos a lo que sí tenemos, generaremos expectativas más realistas. Al ser más realistas, educaremos a nuestros deseos, ya que por mucho que queramos y deseamos, hay cosas que no vamos a obtener. Hemos de habituarnos a pensar que igual no necesitamos tanto.

B.M.: ¿El miedo a lo desconocido es el peor de los miedos?
P.G.: No estoy segura de que sea el peor. Para mí, el peor miedo es el temernos a nosotros mismos y pensar que no tenemos capacidades. El peor miedo es no tener confianza en nosotros mismos y en nuestras habilidades. Pensar que no nos vamos a poder adaptar. Más allá del miedo a lo desconocido, subyace el miedo a la muerte, lo que pasa es que muy pocos son conscientes de ello. Por ello, el mayor miedo es a no tener capacidad de vivir día a día, el momento, el segundo.

B.M.: ¿Qué hacer para no tenerlo?
P.G.: Aceptar que lo desconocido es un hecho. Aceptar que no tenemos ninguna capacidad de control. Cambiar la idea soberbia y perfeccionista de que podemos controlar. La tenemos que cambiar por la idea de que lo que podemos hacer es la mejor gestión, pero nunca el control. Tenemos que distinguir entre lo que está y no está en nuestras manos. Desarrollar la confianza, la serenidad. Traer el pensamiento futurista al presente. Identificar las ideas que nos llevan a los miedos y amaestrarlas porque generalmente dejamos que las emociones nos lleven a nosotros y a no gestionarlas nosotros y el miedo es una emoción.

Adaptarnos a los nuevos hábitos requiere de cambios sin quejas. Las quejas impiden la adaptación, ya que entramos en un conflicto interno. No hay opción ya que las limitaciones son innegociables.

B.M.: ¿Cómo visualizas el futuro?
P.G.: No lo visualizo. El futuro para mí es dentro de una hora como mucho. Visualizo un mundo más consciente, más humano, dando más importancia a la vida, teniendo más desarrollada nuestra psique. Una sociedad menos soberbia, sabiendo que somos vulnerables. Veo un futuro donde la sociedad se ha adaptado cambiando sus necesidades. Atisbo muchísimo menos consumismo. Percibo otro paradigma, otra filosofía, otro modo de vida. Y no lo visualizo con miedo, porque estoy convencida de que los recursos que tengamos se van a adaptar a las exigencias, entonces va a haber una igualdad. No lo veo como una hecatombe.

B.M.: Bajo tu experta opinión, las actitudes claves para vencer obstáculos son...
P.G.: Aprender a: ser independientes. Estar solos. A no necesitar. A mirar lo que tenemos y no lo que no tenemos. A que nuestra psique es más importante de lo que creemos. Identificar lo que nos ocurre. Informarnos por dentro. Mirarnos por dentro. Trabajarnos por dentro. Conocernos por dentro. Buscar, indagar dónde podemos acceder a nuestro desarrollo personal como una responsabilidad. No esperar a enfermar psicológicamente. Adelantarnos, hacer una prevención. Revisar nuestro sistema de creencias. Ver si nos abren o cierran puertas, para poder modificarlas. En resumen, la clave para vencer obstáculos estriba en exigirnos la identificación del desarrollo personal.

B.M.: ¿Y cuál es nuestra principal responsabilidad?
P.G.: Desde mi punto de vista, el autocuidado. El compromiso con nuestra mejora en el día a día. Mantener un sistema de valores férreo, impecable e implacable, desde donde acceder al mantenimiento de los valores sociales. Tener conciencia, moral y consciencia de mantenerla. Yo creo que la principal responsabilidad del ser humano es tener la responsabilidad de cumplir con nuestras obligaciones, tener muy presente el concepto y el sentido del compromiso y tener mucho compromiso con el desarrollo de nuestra plenitud como seres individuales. Esto hace que seamos buenos seres sociales y colaboremos con todo lo que está pasando.

B.M.: Tu mejor consejo.
P.G.: Cuidar nuestra existencia, tomar consciencia de ella y vivirla de acuerdo a un sistema de valores humanos con consistencia. Cuidar por igual el cuerpo, la psique y lo espiritual. Meditar, parar, observar, estar en silencio, conocernos, buscar la serenidad en lugar de la felicidad, ser coherentes con nosotros mismos, priorizarnos dándonos más valor que a nada y a nadie. Trabajar nuestra independencia, conocer lo que significa la palabra libertad, recapacitar, dándonos más importancia a nosotros mismos y no a lo social.
Por último, Sócrates decía que estar solos, no es estar solo, es estar vacío. Por eso nos tenemos que llenar y culturizarnos a todos los niveles. Ese es mi principal consejo.

 
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